RELATOS

Ilustración por: 
Katherine Martínez  | 
@cucabionica
Ilustración por:
Katherine Martínez  | @cucabionica

Azúcar y fosfato

Por: Gabriela Jaramillo

A mí siempre me dijeron que adornaba demasiado los informes. Mis profesores antes que mis jefes. Mis jefes antes que mis compañeros. No importa. Llevo años en este experimento y me lo merezco. Un poquito de poesía, un poquito de rimbombancia, un poquito de confusión. Escribí esto más para mí que para aquellos que deben leerlo. Tratémoslo un poco como un diario. Que me pongo un poquito sentimental, que pensé que me iba a morir viendo la hipótesis de ser respaldada una y otra vez. Que se me iban a acabar los fondos, que ya era imposible. Y luego, boom. La hipótesis es sencilla: llevamos nuestra historia en los genes. El destino está codificado en nuestro ADN. El ácido desoxirribonucleico, si se mira bien, es más honesto que tu horóscopo, más preciso. Así que yo me pregunté: ¿Qué tanto tiene que cambiar nuestro entorno para cambiar el destino que llevamos escrito en los órganos? Te puedes esconder de tu ascendente capricornio, no de las cadenas de azúcar y fosfato que llevas por dentro. ¿Qué es lo que empuja el cambio? ¿El clima? ¿El color de las paredes? ¿El orden de los libros en la estantería? ¿Cuándo dejamos de repetir la vida?

Con lo bueno.

Con lo malo.

Con lo regular.

Una sociedad compuesta de clones no es precisamente endogámica, pero está en algo muy cercano a ello. Se propuso simulaciones en un computador, pero no había confianza en que el algoritmo no se consumiera a sí mismo, que no tuviera un error de código. No, esto tenía que pasar en carne y hueso, en biología. Aunque, si pudiera pasar en un tamaño reducido… mejor. Un gran acuario de vidrio, una tapa gris, además, así se reducían los gastos, el personal. Las cámaras y yo nos pasamos días, semanas, meses… años, monitoreando, monitoreando y viendo la historia repetirse una y otra vez, moviendo cada vez un poquito más las variables, un poquito más las variables. El sol sale por este lado. Y como el sol sale por este lado y se esconde por este otro, entonces la sociedad cambia con él, se mueve. Lentamente, como se mira el pasto crecer. El cambio es lento y yo nunca intervengo más que cambiar las pequeñas variables. Se cambia esta ley, se cambia aquella ley. Se permite, se devuelve, se otorga. ¿Se juega un poco a Dios? Puede ser, que no mire él tampoco. Y la niña nace, como siempre nace, la madre mira al cielo y le pregunta a Dios qué hace. Dios no está mirando, así que la madre escucha otras voces. Se suspira agotado y se espera lo de siempre. Se espera que se repita la historia.

¿Ya hablé de leyes?

Es solo un empujoncito de la balanza, un día más oscuro de lo normal, una ley que se pasa con alborozo, entre gritos de júbilo, entre verde y púrpura. Una ley que hace que se arruguen las narices, una ley que antes no estaba. No importa, hay que investigar todas las variables. La niña nace, la niña siempre nace, copia exacta de la madre, lista para repetir la historia, para ser niña, luego madre. La historia se repite, siempre se repite.

La madre la tiene, la niña crece, cae en malas compañías. ¿Qué culpa tengo yo? Yo solo observo. No soy dueña de nada, solo observo. Estas compañías son malas, malas de verdad, son muchas, tienen sus garras sobre ella y la arrancan de la infancia y la invitan a una adultez que le meten por los ojos, que no quiere. Pasa de mano en mano, de cuerpo en cuerpo. Hay un precio y nada se tiene claro. Y la niña, copia de la historia genética de su madre, repite la historia. Tan joven.

La niña llora.

La niña sufre.

La niña grita mamá y la madre ve la historia desdoblarse ante sus ojos, como tantas veces, sin saberlo, lo ha visto. Abre sus brazos y ofrece refugio, como tantas veces ha hecho antes. Intenta curar las heridas y las injusticias con besos y caricias, llora lo injusto, lo cíclico, lo que no se engaña, lo que se lleva escrito en la sangre que se deja. Besa la historia repetida que no conoce, descubre un libreto que no entiende. Adivina en la posteridad lo que se avecina, la panza crecida, el llanto que rompe el aire, la mirada al cielo, gris metal, la búsqueda de respuestas, el silencio. La madre, que tantas veces se ha rendido al destino, se aferra a esa niña, a esa niña tantas veces repetida y, por primera vez, se niega. No a mi niña, no esta historia, no de nuevo. Aún si el pasado, vuelto presente, es nuevo.

Las variables se han acomodado, no los astros, precisamente, solo… solo es la combinación correcta, o tal vez es que hay un límite para todo, un límite de repeticiones, un límite de vidas vividas y repetidas, por la misma persona, que es una, que es dos, que es cientos. El cuerpo solo puede aguantar una cantidad limitada de cosas. El mismo cuerpo, porque son los mismos genes, la misma historia, porque son los mismos genes. Esos que también se deshacen por el uso y el abuso, pequeñas cuerditas que se desmoronan. Y una ley, sobre todo hay una ley, algo que ampara y protege y respalda. Una segunda madre y un remanso para el miedo, una opción de salida cuando el “no” se atora en la garganta. Deshace el nudo, libera la decisión, da permiso.

comillas-1@2x

La niña dice no.

La madre dice no.

El "no" resuena y encuentra aliados, ardillita curiosa se sube por entre unas raíces y se acomoda entre unas ramas de un árbol que ofrece consuelo y cuyo fruto ofrece solución. Se engendra alivio.

La historia se rompe, por primera vez, después de cientos y cientos de repeticiones, la historia se rompe y el gen herido se encuentra cosiendo la herida, hilito de azúcar, aguja de fosfato.

comillas-2@2x

No hay estómago que crece, no hay llanto que rompe el aire. Ese es el fin, la hipótesis rechazada. La historia no es transcrita. 

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