RELATOS

Ilustración por: 
Lina María Restrepo  | 
@li_restrepo
Ilustración por:
Lina María Restrepo  | @li_restrepo

Desde Venezuela, y de la mano de mi mamá

Por: Gabriela Sáenz Laverde

Tengo 20 años. Vivo lejos de mi país, con mi hermano y mi mamá. Trabajo, me mantengo, ayudo a mi familia. Pero de vez en cuando, me agarra la tristeza.

Es que yo quiero estudiar, tengo mucho por vivir, en serio. A pesar de tener una enfermedad que me hace desmayar cuando hace mucho calor o cuando estoy en un gentío, yo me siento fuerte. Quiero ser fuerte. Es que la vida me ha obligado a ser fuerte.

Hace un tiempo yo vivía en Venezuela. Las cosas no eran fáciles (¿cuándo lo son?) pero sobrevivíamos. Mi mamá y yo cuidábamos a mi sobrino mientras mi hermana trabajaba, y yo a ratos me veía con un noviecito, qué digo noviecito, un ‘empate’, como les decimos en Venezuela. Mala persona, maltratador. Mi mamá me lo dijo muchas veces: ese muchacho no me gusta. Yo sabía que no tenía que estar con él, pero era joven y rebelde. Hasta cuando me empecé a enfermar en serio, y ahí el tipo desapareció.

Un día me desmayé. Pensé que era por el calor y no me importó. Otro día creí que era por estrés. Al tercero, mi mamá me obligó a ir al médico, y ahí me cayó la noticia: estaba embarazada. ¿Qué iba a hacer? ¿Con un mal tipo de pareja, con 19 años, con una familia que ya tenía que cuidar? Además el médico me dijo que el mío era de alto riesgo, que los desmayos eran dos intentos de aborto espontáneo. No pude con tanto. No puedo con tanto.

Le conté a mi mamá, con miedo por su reacción. Ella lloró, me abrazó, estuvo conmigo. Lloramos juntas, y juntas decidimos que este embarazo tenía que terminar. Lo que no nos imaginamos era que la vida nos iba a cambiar radicalmente.

En Venezuela es ilegal la Interrupción Voluntaria del Embarazo. Hay que hacerlo a las escondidas y sin nada de información. La persona que me vendía las pastillas de Misoprostol por Facebook me dijo que tenía que tomarme por lo menos 10 para que no quedaran dudas. ¡Diez pastillas! ¡Me hubiera muerto! Lo peor del caso es que, de la desesperación, conseguí la plata y las pagué. Afortunadamente, no me las entregaron nunca porque no estaría aquí contando mi historia, pero me devolvió al punto de partida. Y me quedé sin plata.

Pasaban y pasaban las semanas y yo no sabía qué hacer. Se estaba pasando el tiempo de poder abortar y yo no podía hablarlo con nadie. Solo mi mamá y mi abuela lo sabían, ni mi hermana, ni mi sobrino. Tenía que cuidarme el orgullo, yo sabía que los demás me iban a criticar y ya estaba sufriendo bastante.

Buscando por Internet me enteré de que en Colombia el proceso de interrupción del embarazo era legal y hasta lo hacían en un hospital. Me pareció una solución sencilla: viajar, abortar y devolverme.

Así fue como llegué a La Mesa, donde me ofrecieron apoyo. Les conté que estaba en Venezuela y me respondieron que tenía que encontrar la forma de llegar a Colombia. Claro, pasaban las semanas, aumentaba la angustia, aumentaba el riesgo de mi embarazo. Y yo con sueños de avanzar, de viajar… con miedo de no alcanzar, de que me llegara la semana 24 y ya no poder abortar. A veces, cuando pensaba que no iba a alcanzar, me imaginaba siendo madre soltera. Muchas personas lo han hecho antes, lo hacen, y salen adelante. Yo sé que la criatura no tiene, no tenía la culpa, pero en verdad yo no podía. No puedo.

Afortunadamente la doctora con la que hablaba en Colombia, que es abogada, es una mujer maravillosa que respondió todas mis dudas sin cansarse ni insistir en nada, ni obligarme a abortar, ni mandarme a rezar, pero mi mamá tenía miedo de que yo me estuviera metiendo en un negocio de trata de personas. Es que uno escucha muchas veces historias de terror, gente malintencionada. Y yo con mis desmayos permanentes.

Entonces la doctora me ofreció que viajara con mi mamá, que le buscaban apoyo con alguna fundación o le encontraban alojamiento para que yo no estuviera sola. Ahí ya me dio más calma, sentir que al otro lado nos esperaba, a ambas, una mano amiga. Pero mi mamá no dejaba de tener miedo.

Cuando llegamos a Colombia, llegué al hospital y allá me regalaron una llamada telefónica, porque mi mamá y yo teníamos mucho miedo de quedar incomunicadas. Ahí, una nueva doctora nos estaba esperando con una SIM Card, y ella misma me la instaló en el teléfono.

Ahí pasé al quirófano y mi mamá a la sala de espera. Me explicaron que era un procedimiento riesgoso, pero que estaba en buenas manos y que, ante todo, nadie me iba a dejar sola. Me entró una vergüenza espantosa pero vi que había varias chicas que iban a hacerse la “IVE”. También me dijeron que la “IVE” era la forma como le decían para que la gente no supiera muy bien de qué se hablaba.

Me dieron una pastilla para “ayudar” al proceso. Me preguntaron si estaba segura, me recordaron que podía arrepentirme si quería. Les dije que no, que estaba firme en mi decisión. Que me sentía pésimo. Y ahora lo pienso: que quería vivir.

La pastilla me dio un malestar que me hizo sentir cercana a la muerte. La doctora me dio la mano y me dijo que era normal. No podía más del dolor, era como un cólico pero elevado a la “ene” potencia. Me quería arrancar el vientre. Y lo peor: sentía que todo se movía dentro de mí. Ahí me puse a llorar, y lloré hasta quedarme dormida.

Al rato me dieron otras dos pastillas y me advirtieron que en cualquier momento empezaría a sangrar. Me pusieron un pañal. Me sentía afiebrada. Creí que las pastillas no estaban haciendo efecto, que el procedimiento estaba saliendo mal. En esas empecé a sangrar.

“Vas a ponerte en posición como si fueras a parir y a pujar para sacarlo”.

Mi mamá me había advertido que no mirara, pero no me aguanté. Miré y rompí en llanto. Me puse a llorar tanto, tanto, me sentí tan desconsolada. Pero sabía que no podía ser mamá. Fue mucho, no sé, me contradigo. Tengo derecho.

Mi hermano llevaba aquí en Colombia un año y medio. Él no quería devolverse a Venezuela y nosotras no quisimos dejarlo solo. Ahora vivimos los tres, y mi mamá y yo ya estamos trabajando.

¿Que ahora estoy más tranquila? Sí. Hasta se me ha mejorado el problema de la tensión y ya no tengo más desmayos. Planeo seguir mis estudios. ¿Que de vez en cuando me agarra la tristeza? También. Cuando veo una mujer embarazada o un bebé pienso en la barriga que tendría, en cómo serían las ecografías. Entonces me pongo a ver videos y me distraigo para no sentirme mal.

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Porque yo respeto mucho a la gente que sigue adelante con la idea de tener hijos, pero también tengo claro que el procedimiento me cambió la vida para mejorar. Mi vida ha dado un cambio positivo y, en medio de todo, tengo ilusión.

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