RELATOS

Ilustración por: 
Julieta López  | 
@quintaesencia._
Ilustración por:
Julieta López  | @quintaesencia._

La técnica de las arañas

Por: Catalina Oquendo B.

Esa tarde mi cabeza hizo clic. Ese día me convertí en otra médica, en otra persona.

Hacía calor, como siempre en este verano seco eterno de Neiva, y el sopor del turno comenzaba a invadirme lentamente cuando Lucía entró al consultorio.

-No quiero ser madre, soltó.

Tenía los ojos negros almendrados y una angustia que le saltaba a través de ellos y de sus pies que no dejaba de mover bajo la mesa. Se mordía los labios, explicaba, lloraba, no quería, no podía ser madre, no estaba bien. Mientras Lucía hablaba yo buscaba entre mis archivos mentales lo que me habían enseñado en la universidad. No encontraba más que un mantra de esos que se repiten todavía y casi nadie cuestiona: que solo se aborta si la persona se está muriendo, si había una malformación o una violación. No, yo no pensaba, como le habían dicho antes de llegar a mí, que ella era un monstruo por querer abortar; la entendía y estaba de acuerdo con el procedimiento, pero a pesar de eso se lo negué.

-Quisiera apoyarte, le dije, pero legalmente no se puede abortar si solamente se está afectando tu salud mental.

Era el 2016.

Y eso que le dije era una mentira.

***

Hay quienes dicen que la desinformación no mata, pero yo creo que sí, lo he visto frente a mis ojos. Es, incluso, la primera barrera a la que se enfrentan las mujeres que deciden abortar.  Ese día, aquella tarde calurosa de Lucía, me di cuenta de que yo, la médica que estudió y leyó y trasnochó años en la universidad había recibido una información muy limitada y esa fue la que le transmití. La realidad es que desde el 2006 en Colombia se podía abortar desde la causal salud, que incluye la salud mental. Enterarme de eso fue como recibir un latigazo de electricidad en todo el cuerpo y me puse a investigar.

No voy a negar que ha sido un camino difícil.

comillas-1@2x

Vivo en un departamento conservador como la mayoría de Colombia y hablar de aborto es como hablar de Bruno, el personaje aquel de Encanto, la película de Disney, que retrataba tan fielmente los traumas colombianos. Nadie quiere hablar de Bruno, aunque todos lo conocen.

comillas-2@2x

Las mujeres llevamos años abortando, pero lo hacemos con poca información y en condiciones muy inseguras, poniendo en riesgo la salud y la vida. Muchas veces solas y en silencio.

En soledad y en silencio.

Esas dos palabras me retumbaron en la cabeza durante meses. ¿Cómo sacudir dos sentimientos tan pesados, históricos, como ese silencio? ¿Cómo desde mi labor como médica podía acompañar, orientar más allá del momento frío del consultorio para romper esa soledad de aquellas mujeres que iban buscando sentirse arropadas en su decisión?

La respuesta, para mi alivio, llegó nítida, cristalina. No era la única que me lo preguntaba. En 2019, durante una reunión con amigas -porque las cosas importantes de la vida se hacen con las amigas-, psicólogas, politólogas, trabajadoras sociales, hablamos desde nuestras experiencias, fue una epifanía, así que decidimos crear una red de voluntarias. La llamamos Red Huilense de Defensa y Acompañamiento en Derechos Sexuales y Reproductivos (RHUDA), que fue el punto de partida, para luego hablar de la crisis de la salud y después del aborto.

Así comenzó esta historia para mí, como homenaje a Lucía y por las otras que vendrían.

***

Aquella médica que atendió a Lucía esa tarde con herramientas e información precaria había quedado atrás. Ahora podía resolver la duda sobre la ruta, sobre las interrupciones voluntarias del embarazo a mis pacientes; podía conversar con mis colegas sobre las inquietudes y aclararles que las mujeres no eran delincuentes, ni monstruos, sino que estaban ejerciendo sus derechos. Sin embargo, siempre me quedaba corta en generar cambios de verdad.

Claro, era una lucha cuesta arriba, pero tenía una certeza: había que sacarla del consultorio. Muchas veces en Huila me decían, sí, claro hay que hablar de aborto, pero “eso no lo vamos a hacer aquí” o “es que las mujeres son unas irresponsables” y yo tampoco sentía que pudiera sola. Temía también por una carga mental y social tan fuerte como les pasa a amigas en otros lugares a las que llaman la médica de los abortos. En mi caso, no. Yo soy médica de urgencias, no solo soy médica de IVE.

Entendí entonces que hablar de aborto se hace en red, trabajar con la paciencia de las arañas, una red que me sostiene para yo también sostenerlas a ellas y poder cobijar a las mujeres que están tan desamparadas cuando deciden ir en contra del mandato de la maternidad. Y bueno, como estamos en un mundo de redes, vivimos en función de ellas, decidimos utilizar su potencial. Creamos una línea de atención de casos por Whatsapp y ahí nos ha llegado de todo: familiares o amigas de mujeres buscando información para acceder al procedimiento; universitarias; estudiantes que quieren saber dónde pueden comprar las pastillas. Una primera alerta de información: nos dimos cuenta de que hay desconocimiento acerca de que la IVE es un procedimiento gratuito que se puede hacer de manera sencilla dentro del sistema de salud.

Lucía no es la única que me marcó el corazón.

Un día conocimos el caso de una niña de 13 años. Se llamaba Mariela y había sido víctima de un abuso sexual. Tenía una gestación de 21 semanas y aunque había intentado hacer el procedimiento de aborto cuando aún tenía pocas- como es lo usual en las mujeres que acuden a abortos- en la primera institución médica a la que fue, le mintieron. Le dijeron que no lo hacían porque su embarazo era de alto riesgo y podía morir. La pusieron a dar vueltas.

Le alargaron el suplicio, la angustia.

Cuando su historia llegó a nosotras, Mariela estaba presa del pánico. No me quiero morir, repetía la niña. Sí, la niña con cuerpo de niña que no quería, ni debía ser madre.

Esa vez se impuso la voz de sus familiares y de grupos antiderechos que aparecieron para convencerla de que tuviera el bebé y, luego, claro, se desentendieron. Si algo he aprendido es que ellos están muy interesados en justificar el embarazo hasta que las mujeres deciden no continuar con el aborto, después ni se preocupan por el proyecto de vida de esa niña y menos del hijo.

Esa vez yo quedé con la sensación de que llegué tarde.

***

Si las barreras de información son brutales, incluida la falta de conexión y señal porque hay lugares donde no tenemos cómo comunicarnos por videollamada siquiera, las barreras socioculturales también lo son. En ciudades intermedias como Neiva y municipios más pequeños del Huila esto se amplifica mucho más porque las chicas dicen, si yo me voy al centro de salud del municipio yo sé que todo el pueblo se va a enterar, así solo vaya a averiguar. Eso las paraliza.

En otros países a las mujeres que acompañan abortos las llaman “las socorristas” o “las comadres”; yo siento que nosotras somos como unas alarmas, las que alertamos a las mujeres con las herramientas para que lleguen a los servicios de salud con información y no estén supeditadas a lo que los y las médicas puedan decirles.

Hay que seguir trabajando en el desconocimiento de algunos colegas, claro; pero sobre todo estar atentas a las barreras institucionales. Antes de la Sentencia Causa Justa no había rutas de atención en muchas instituciones de salud o las rutas no estaban siendo aplicadas; después se inventaron un truco: como no podían negar el derecho, les decían a las pacientes que no estaban habilitados, “aquí no tenemos el servicio habilitado” y las mujeres se iban.

Nunca supe qué pasó con Lucía, pero en cada mujer que se comunica con nosotras la pienso y doy la mejor orientación posible, me aseguro de que tenga todos los elementos para decidir sobre su cuerpo y su maternidad a plena conciencia; que encuentren su propia voz y que si se topan con médicos o médicas que les imponen barreras, sepan que no son ellas, sino esa misma medicina patriarcal y paternalista de la que hemos bebido. Que son ellas quienes tienen la última palabra.

Ni Lucía ni nadie debería ser madre por deber.

Compartir