RELATOS

Ilustración por: 
Eliana Zapata  | 
@ritosinsermones
Ilustración por:
Eliana Zapata  | @ritosinsermones

Liviana

Por: María José Jimenez real

De tanto en tanto, la vida pesa, se hace fatigosa, insoportable. Abruma tener que despertar, abrir los ojos para encarar una vida que parece ajena, ajena hasta el punto de desconocer por qué se vive; pues aquello que nos acompaña no era lo que pretendíamos.

Y pesa más cuando se existe siendo obligado a sentenciar un sí o un no cada día, tomar un camino o el otro, transitar una acera o la contigua; obligados a decidir siempre, en todo momento. Pues como seres racionales, el discernir es inherente; como la vida, pertenece al hombre. Estamos obligados a aceptarlo así. Pero como inmanente es la vida y las decisiones que habitan en ella, inmanente debería ser decidir en libertad. Sin embargo, igual que la vida y las decisiones, las sentencias finales son condenadas.

Castigadas.

Y entonces por eso cuesta vivir, decidir y luego vivir con la resolución.

Las decisiones amargas existen, tan amargas que parecen incendiar la boca. Las arcadas de culpa van y vienen. En el vientre se desata un oleaje voraz y luego todo se viene abajo, abajo por un  abismo que parece no tener fin. Una caída libre que desemboca en un universo extraño, inaccesible hasta que es momento de enfrentarlo. Y casi como si la vida, escurridiza, se deslizara por entre los dedos, llega un punto en el que ya no hay nada más allá. Decisiones amargas han de tomarse, enfrentarse.

Decidir no es fácil, pero tampoco lo es vivir.

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Mi madre decía que nací con los ojos negros. Tan negros que, apenas pudo, me llevó a la iglesia a que el padre me diera la debida bendición: “la pupila ni se le veía, mija”. Crecí con mi pelo alborotado, siempre suelto, siempre libre. Y según mi mamita, la sonrisa me cubría medio rostro, tanto que decía que conmigo era imposible derramar lágrima. Nunca la vi llorar. Incluso llegué a pensar que se había quedado sin llanto del calor que hacía en la piecita que juntas habíamos construido. Sin embargo, con el tiempo fui encontrando dolor, un dolor que la recorría, que la acechaba y que durante mucho tiempo había decidido esconder. Hasta que ya fue demasiado y entonces mi mami se me fue. Quedé huérfana muy joven. Nunca abandoné mi tierra, ni la piecita, ni mi sonrisa, ni mis rizos, ni mi nombre —el mismo de mi madre—: Andrea.

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“La vida suele pesar”, decía mi madre, a veces más, otras veces menos. En ese entonces, la mía lo hacía. Y no era solo un peso el que debía acarrear —el mío—, eran dos, dos pesos con los que había de vivir, vivir sin pensar en ya no hacerlo. Pues si hubiera sido solo mi peso, habría sido más sencillo deshacerme de aquello que aumentaba la carga, pero no dependía de mí, ni de él. De hecho, no dependía de nadie. Esa había sido la vida que nos había tocado. Una vida de pesos, pesos que debíamos aceptar y arrastrar con nosotros.

La llegada de mi primer hijo, mi nené, marcó mi adolescencia. Fue diagnosticado con epilepsia cuando tan solo tenía unos meses de edad. Para cuando cumplió 8 años, ya nos habíamos acostumbrado a los ataques. Eran ataques que aparecían sin previo aviso, inesperados, repentinos. Indomables a veces. En algunos casos superaban a mi bebé y era yo la única que estaba allí.

Habíamos aprendido a sobrellevarlo, pero me rehusaba a que volviera a suceder. No quería más sufrimiento —el nené sufría y no soportaba la idea de ver dolor en sus ojitos—. Y al ser un diagnóstico perpetuo, comprendí que un pequeño no debía de ser obligado a transitar por una vida en la que estuviera condenado, en la que viviera condenado, condenado por una adversidad imposible de eludir, incluso si así él lo hubiera querido. El nené no había decidido nacer enfermo. Nadie debería verse obligado a ello.

Para finales de julio, por allá en los 2000, en un verano abrasador, si mal no recuerdo, algo más comenzó a pesar, un peso distinto. Pesaba dentro, casi como si hiciera parte de mí. Era un peso palpable, abrumador, un peso con nombre, pero que me fue imposible denominar como propio. No era capaz de aceptarlo como mío, no podía serlo.

Y entonces, decidí que debía dejarlo ir.

Porque a veces cuando la vida pesa, hay que dejar de cargarla, por más duro que suene.

Era una decisión tomada, mi pareja me secundaba, “es su decisión, mija. La apoyo en lo que usted decida hacer”. Mi primer bebé me necesitaba. No podía volver a ser madre, mi nené estaba por encima de todo, al igual que yo. 

Ahora solo quedaba buscar el cómo y terminar con todo. Acudí al hospital y me realicé los exámenes debidos, para ese entonces ya tenía 17 semanas y era necesario comenzar a actuar cuanto antes. Lamentablemente, en la ciudad en la que vivo no me permitieron someterme al procedimiento, pues con los meses que tenía era ya imposible poner un punto final a una oración que me rehusaba a dejar abierta. Tuve que irme a otra ciudad, confiando en que allá me ayudarían. Pero una vez más todo fue en vano. Tampoco encontré quien quisiera darme una mano, una mano en algo que no podía hacer por mi cuenta y aunque fuera una decisión que me pertenecía, era imposible ser quien la ejecutara. Una vez más, me fui  a mi siguiente destino, pero cada vez era más difícil encontrar una salida.

Para ese entonces el peso era ya insoportable. Sentía un vacío que comenzaba a extenderse, me recorría entera; una oscuridad abrasadora que eclipsaba mi vida; un silencio que sollozaba y por eso el llanto parecía brotar sin siquiera llamarlo.

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Se acrecentaba un remolino oscuro que parecía comenzar a usurparme lo que aún quedaba de mí. La depresión me golpeaba a diario y me veía incapaz de poder encararla con una lucha digna. No quería moverme y ya no había nadie quien pudiera hacerlo por mí.

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La oscuridad comenzó a parecerme seductora. La idea de unirme al son de la marea ya no parecía insensata. El desdén me guiñaba el ojo y entonces el vacío ya no era incómodo, sino reconfortante. Ya no solo sería dejar de cargar un peso. Pronto mi peso propio iba a sobrepasar mi existencia.

Nada parecía avanzar.

Sin embargo, cuando creí que habría de aceptar el devenir natural de la vida, uno que me aterraba y desgarraba por dentro, sucedió. Cuando me aceptaron el procedimiento, seguía en una tierra extraña, que no me vio nacer, que tal vez me vería morir y que sería testigo de aquello por lo que llevaba luchando durante semanas. El 8 de septiembre ocurrió: un día para quedarse en mi memoria, implantado allí, no como algo ajeno, sino propio. El peso ya no estaba, la llama que alguna vez fue, se había extinguido. Pero las cenizas permanecieron. De tanto en tanto había chispas, chispas del recuerdo, de la duda, una cavilación que ponía en marcha la evocación de lo sucedido. Y aunque ya no era un peso que me torturaba, era uno que me recordaba un pasado que me pertenecía. El peso del recuerdo. Uno que agradecía y me acompañaría siempre.

Hoy vive conmigo.

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La vida suele ser injusta, se condena al que toma decisiones, decisiones de fácil reprensión, sin permitir comprender el porqué del camino elegido. La vida a veces se viste de austeridad, es del común toparse con juicios: juicios que resquebrajan, críticas que cuestionan, miradas que hacen que el sentirse observada duela. La vida decidió abrirme una senda que, en medio de la complejidad, pude transitar libremente. Llegué a un sitio donde fui atendida como lo que era: una mujer y estuve rodeada de personas que me apoyaron y brindaron seguridad. Es fácil sentir desamparo cuando se accede a esta decisión, pero eso jamás debe ser una excusa para dejarse vencer por el abandono. Merecemos decidir.

Yo fui afortunada.

Cuando creí que todo habría de parar, descubrí que nada debía llegar a su fin a menos de que yo lo decidiera así. Y como había tomado la decisión de concluir un proceso que me pertenecía, como mujer y madre, también decidí continuar con aquello que me hacía y ayudaría a seguir siendo una.

Continué viviendo con mi nené, acompañándolo en cada paso.

Ponerle punto final a la tormenta permitió que el mal sabor en la boca pasara, las arcadas colmadas por desespero desaparecieran, el peso se hiciera liviano, el abismo desapareciera y entonces pude ser yo misma otra vez. Volví a viajar y a dedicarme al estudio. Soy deportista y lo sucedido me permitió continuar el sueño. Sigo estudiando y construyendo una vida propia. Mis días no se vieron terminados por el dolor, la desazón, la idea de abandonarlo todo.

Sigo siendo humana, mujer, madre. Hay peso. Pero son pesos que he decidido aceptar. A veces la vida pesa más de lo que debería, tendemos a cargar con aquello que podríamos dejar en el camino para así continuar más livianas. No se trata de abandonar, sino de decidir. Cargar es decidir qué se toma y qué se deja. Como mujer, decidí seguir cargando aquello que era mío y resultó que ahora soy imparable por lo que decidí soltar. Sí, vive en mí y me acompañará siempre, pero ya no duele, no lastima, ni a mí, ni a otro.

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