La autonomía es la facultad que tienen las personas de tomar decisiones sobre su vida, sin imposiciones externas. Entre todas ellas, las que involucran el cuerpo son fundamentales: desde elegir cómo llevar el cabello y qué ropa usar, hasta decidir sobre modificaciones corporales, procedimientos médicos o decisiones de relaciones interpersonales como parte de la autonomía reproductiva.
En ese sentido, el ámbito reproductivo hace parte de dicha facultad ya que garantiza que las mujeres puedan elegir libremente, por ejemplo, si quieren tener relaciones sexuales -o no- y con quién, si quieren ser madres -o no- y en qué momento. La autonomía en esta materia también les compete a los hombres frente al uso de preservativos y el respeto a las decisiones mencionadas, pues las relaciones sin protección pueden derivar en embarazos no deseados. Cuando estos métodos están al alcance, negarse a usarlos es ignorar una responsabilidad que no recae únicamente en las mujeres, quienes además enfrentan los cambios físicos y los riesgos del embarazo.
Ahora bien, ejercer la autonomía reproductiva no siempre es posible debido al ejercicio de violencia física y directa que con frecuencia reciben las mujeres sobre su sexualidad y reproducción, sino también por el impacto de normas restrictivas que, con un enfoque paternalista o patriarcal, limitan los derechos de las mujeres y condicionan sus decisiones. Por ejemplo, la existencia del delito de aborto en el Código Penal que no reconoce ni respeta la capacidad de decidir de las mujeres que optan por la interrupción voluntaria de un embarazo. A todo lo anterior, se le suma la idealización de la maternidad, que refuerza la idea de que cualquier sacrificio (muchas veces tolerar la violencia y la injusticia) es válido con tal de ser madre.
Así pues, como un contrapeso a las múltiples barreras sociales y normativas que restringen la libertad de las mujeres para decidir sobre sus cuerpos, el derecho moderno ha comenzado a reconocer la autonomía reproductiva como un derecho fundamental que debe garantizar el Estado. Esto incluye la posibilidad de interrumpir un embarazo no deseado. Sin embargo, dicho reconocimiento sigue viéndose limitado por discursos y prácticas que cuestionan su legitimidad.
En consecuencia, le corresponde al Estado crear las condiciones necesarias para que este derecho pueda ejercerse plenamente, lo cual implica brindar información de calidad, completa y libre de prejuicios sobre la autonomía reproductiva, asegurando que sea accesible para todas las personas y adaptada a sus contextos y niveles de comprensión. Asimismo, debe garantizar el acceso efectivo a métodos anticonceptivos y, en caso de que estos fallen, a la interrupción voluntaria del embarazo. Sin estas garantías, la autonomía reproductiva seguirá viéndose limitada. Solo con un acceso pleno a la salud sexual y reproductiva, cada vida nueva será el resultado de una decisión consciente y no de imposiciones.
Artículo escrito por:
Elizabeth Castillo Vargas
Abogada – Integrante de la Mesa por la Vida